Confieso algo: a mí me encantan los dress codes. Mientras más específicos, más me divierto.
Aunque también entiendo a quien recibe una invitación que dice algo como Tropical Glam, Disco Chic o Total White con un toque dorado y piensa: “¿Y ahora qué me pongo?”.
Los códigos de vestimenta existen desde hace muchísimo tiempo. Durante siglos, la forma de vestir ha servido para comunicar el nivel de formalidad de una ocasión y ayudarnos a entender qué se espera de nosotros en determinado espacio. Los códigos formales que conocemos hoy comenzaron a estructurarse especialmente durante los siglos XIX y XX.
Pero más allá de la historia, para mí hay algo mucho más sencillo: cuando alguien propone un dress code para su evento, está imaginando una experiencia.
Cumplirlo, dentro de nuestras posibilidades, también es una forma de consideración hacia quien nos invitó.
Claro que no siempre tenemos tiempo para salir corriendo a comprar algo nuevo, ni hace falta hacerlo, y hay dress codes que pueden complicarnos la existencia más de la cuenta. Se puede adaptar, resolver con creatividad y utilizar lo que ya tenemos.
Lo bonito viene después.
Esa foto en la que todos estaban vestidos de blanco. Ese cumpleaños donde apareciste llena de colores. Esa fiesta temática para la que pensaste: “¡Qué estrés!” y que años después encuentras en tus fotos y te saca una sonrisa.
Tal vez justamente esos pequeños códigos son los que ponen un poco de color en una vida que fácilmente podría volverse demasiado blanco y negro.
Así que la próxima vez que recibas una invitación con dress code, antes de renegar, piensa: quizás te están invitando también a construir un recuerdo.