Hay algo que hago desde hace varios años y que me ayuda muchísimo a terminar el año con más claridad: no espero a diciembre para empezar a cerrarlo.
De hecho, en septiembre ya empiezo a escribir ideas, revisar metas y pensar en lo que quiero construir el año siguiente.
No porque quiera correr. Todo lo contrario.
Me gusta darme tiempo para mirar con calma qué funcionó, qué no funcionó, qué quiero sostener, qué necesito soltar y hacia dónde quiero dirigir mi energía.
Cuando dejamos todo para diciembre, muchas veces terminamos haciendo planes apurados, escribiendo resoluciones casi por cumplir y arrancando enero sin demasiada claridad.
Cerrar bien un año también requiere espacio.
Espacio para reconocer lo que sí lograste, incluso aquello que al inicio parecía pequeño. Para revisar las decisiones que te acercaron a tus objetivos y también las que te alejaron. Para entender qué proyectos todavía tienen sentido y cuáles simplemente ya cumplieron su ciclo.
Y luego viene la parte que más disfruto: mirar hacia adelante.
Pensar en cómo quiero que se vea mi próximo año, qué quiero priorizar, qué quiero aprender, cuánto quiero crecer y, sobre todo, qué tipo de vida quiero construir alrededor de esas metas.
Tener visión no significa que todo vaya a salir exactamente como lo planeamos. Significa que dejamos de movernos solamente por inercia.
Por eso octubre me parece un excelente momento para empezar.
Todavía hay tiempo para hacer ajustes, cerrar pendientes, retomar algo que habías dejado a medias y comenzar a darle forma al próximo año sin la presión de diciembre.
Este tema me gusta muchísimo y estoy pensando en preparar una masterclass de cierre y planificación estratégica.
Todavía no sé si la voy a hacer.
Pero si te gustaría participar en algo así conmigo, escríbeme.
Quiero saber si este también es un tema que te interesa y si te serviría tener un espacio para cerrar tu año con más intención y empezar el siguiente con mayor claridad.