Mi tía Rosita es la esposa de mi tío Pepe, el hermano de mi abuelita.
Mi tío Pepe falleció cuando yo estaba en segundo semestre de la universidad y fue, sin duda, uno de mis tíos favoritos. Era de esas personas que siempre te hacían sentir bien. En esa época en la que una podía sentirse la adolescente más horrible del mundo, él llegaba, te miraba y te decía: “¡Qué preciosa que estás!”. Y lo decía genuinamente.
Tengo la sensación de que él simplemente veía lo bueno en las personas.
Y quise empezar hablando de él porque mi tía Rosita siempre nos dice algo que me conmueve muchísimo: que nosotras, la familia de mi tío Pepe, somos la mejor herencia que él le dejó.
Pero hoy quiero hablar de ella.
Desde que tengo memoria, mi tía Rosita ha sido una mujer pulcra. Siempre bien vestida, impecable, con excelente gusto, pendiente de los detalles. De niña yo ya la miraba y pensaba: “Qué linda se ve mi tía”. Sin imaginar siquiera que muchos años después yo terminaría dedicándome a la imagen y a la etiqueta.
También recuerdo sus mesas impecables, su forma de recibir, esos pequeños detalles de etiqueta que yo observaba sin saber todavía cuánto iban a influir en mí.
Y hay una coincidencia que siempre me causa gracia: ella es contadora de profesión y yo también di clases de contabilidad durante muchos años. La vida tiene formas curiosas de ir conectando historias.
Hoy, a sus 87 años, sigo aprendiendo de ella.
Me ha enseñado la importancia de estar presente. Mi tía Rosita recuerda fechas, llama, escribe, acompaña. En los momentos felices está y en los difíciles también. Tal vez por eso toda la familia la quiere tanto.
Me ha enseñado también el valor de apoyar a los tuyos. Si alguien de la familia tiene un proyecto, una actividad o algo importante, ella busca la manera de estar presente. Mi hermana, por ejemplo, la ha invitado a conectarse a sus masterclasses y ahí está la tía Rosita, apoyando, participando y celebrando los proyectos de los demás como si fueran propios.
Me ha enseñado que la edad realmente puede ser solo un número. Maneja la tecnología, entra a Zoom, participa en actividades y sigue aprendiendo. Yo solo espero llegar a su edad con esa misma curiosidad y ganas.
Me ha enseñado el valor de los detalles. Ella es de esas personas que no regalan por regalar. Piensa en la persona, personaliza, escribe, se toma el tiempo. Hace poco me dio una carta por mi cumpleaños que me hizo llorar. Y creo que mucho de ese gusto mío por hacer regalos pensando realmente en quien los recibe viene de verla a ella.
También me ha enseñado sobre familia, fe, apoyo, presencia y generosidad.
Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que podemos dejar en otros: pequeñas formas de vivir que alguien observa, admira y termina haciendo suyas sin siquiera darse cuenta.
Yo tuve la suerte de tener a la tía Rosita como uno de esos referentes.
Y todavía la sigo mirando y aprendiendo.