Hace casi un mes escuché un sermón del padre Raniero en Santa Teresita que se me quedó dando vueltas en la cabeza. Hablaba del perdón y de la propia palabra perdonar. Su origen está relacionado con per y donare, con la idea de dar, conceder, entregar. Y me quedó especialmente una idea: a veces perdonar es dar algo incluso cuando sentimos que la otra persona no se lo merece.
No se trata de decir que lo que pasó estuvo bien, ni de olvidar, ni necesariamente de volver a tener la misma relación. Se trata de entender que quizás somos nosotros quienes ya no merecemos seguir cargando con ese peso.
Justamente estos días mi hermana compartió una reflexión sobre el perdón que empezaba por algo que muchas veces olvidamos: perdonarnos a nosotros mismos. Perdonarme por las veces que me fallé, por aquello que prometí y no cumplí, por las veces que reaccioné de una manera que hoy habría manejado diferente, por decisiones que con la información y madurez que tengo ahora seguramente habría tomado de otra forma.
Y luego vienen los demás. Perdonar a nuestros padres por aquello que quizás no supieron darnos, a nuestra pareja, hermanos, amigos, familiares o personas que en algún momento nos lastimaron. Todos tenemos nuestra propia lista.
No creo que perdonar sea fácil. Hay heridas profundas, cosas que necesitan tiempo, acompañamiento e incluso distancia. Pero también creo que llega un momento en el que seguir repitiendo internamente la misma historia empieza a hacernos más daño a nosotros que a quien nos hirió.
Perdonar también puede sacarnos de ese lugar en el que sentimos que nuestra vida quedó definida por lo que alguien hizo o dejó de hacer. No puedo cambiar lo que ocurrió, pero sí puedo decidir qué voy a hacer yo con eso de ahora en adelante. Puedo seguir construyendo mi vida desde esa herida o puedo reconocerla, trabajarla y elegir que no sea ella la que marque mi destino.
Quizás ahí está una de las mayores libertades que nos podemos regalar: perdonar al otro, perdonarnos a nosotros y entender que muchas veces el perdón no es tanto un regalo para quien nos hizo daño, sino un regalo para nuestra propia paz.