¿Cuál es tu Tabor hoy?

Hace unos días, mi esposo compartió conmigo una reflexión que recibió en su grupo de oración del Rosario de hombres. Se titulaba: “¿Cuál es mi Tabor hoy?”

La pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza.

En la vida, todos estamos subiendo algún monte. A veces se trata de una meta profesional, una decisión familiar, una dificultad económica, una enfermedad, una crisis personal o una situación que nos exige más fortaleza de la que creemos tener.

Hay montes que elegimos subir porque detrás de ellos existe un sueño. Otros aparecen sin que los hayamos buscado. Lo cierto es que cada uno tiene su propia pendiente, sus terrenos resbalosos, sus momentos de cansancio y esos días en los que parece que todavía falta demasiado para llegar a la cima.

La reflexión hablaba de cuatro elementos fundamentales para continuar el camino: esfuerzo, disciplina, perseverancia y confianza en Dios.

Y me hizo pensar que, aunque muchas veces deseamos que la vida sea más sencilla, quizás no siempre necesitamos que el camino cambie. A veces lo que necesitamos es fortalecernos para seguir avanzando.

Uno de los símbolos que más me gustó fue el del cayado.

Quien escala un monte necesita algo en qué apoyarse. Un cayado que le permita mantener el equilibrio cuando el terreno se vuelve inestable, sostenerse cuando las fuerzas disminuyen y recordar la ruta cuando aparecen distracciones que pueden alejarlo de su destino.

Todos necesitamos ese cayado.

Puede ser nuestra fe, nuestros valores, nuestra familia, una comunidad, una persona que nos acompaña o una convicción tan fuerte que nos recuerde por qué comenzamos.

Para mí, además, esta reflexión tuvo un valor especial porque mi esposo decidió compartirla conmigo.

Pudo haberse quedado como una enseñanza recibida en su grupo, como uno de esos mensajes que escuchamos, nos gustan y luego se pierden entre las conversaciones y las ocupaciones del día. Sin embargo, decidió traerla a casa para que pudiéramos hablar de ella y preguntarnos juntos cuál era el Tabor que cada uno estaba intentando alcanzar.

Y creo que esto es algo que, si tienes pareja, no deberías saltarte.

No me refiero únicamente a compartir mensajes religiosos. Me refiero a compartir aquello que nos toca, nos cuestiona o nos hace pensar. Una conversación escuchada, una frase, un libro, una enseñanza, una experiencia o incluso una pregunta que sentimos que puede ayudarnos a crecer.

Con frecuencia, las parejas hablan de las cuentas, de los hijos, de la agenda, de lo que falta comprar y de todo lo que se necesita resolver. Son conversaciones necesarias, pero no pueden ser las únicas.

También necesitamos hablar de lo que estamos viviendo por dentro.

¿Cuál es el monte que estás subiendo en este momento? ¿Qué te está costando? ¿Qué te ilusiona? ¿Qué temes? ¿Qué necesitas para no abandonar el camino? ¿Y cómo puedo acompañarte mejor?

Hay personas que viven juntas durante años, pero no siempre conocen la batalla interior que el otro está librando. No porque no exista amor, sino porque la rutina puede convertir la relación en una suma de tareas compartidas y dejar muy poco espacio para las conversaciones profundas.

Por eso, cuando uno de los dos encuentra un mensaje que le hace bien, compartirlo puede abrir una puerta.

No se trata de imponer una reflexión ni de convertir cada conversación en una charla solemne. Se trata de permitir que el otro conozca también lo que alimenta nuestra fe, nuestras decisiones y nuestra manera de comprender la vida.

Otro de los puntos de la reflexión hablaba de cultivar un espíritu de oración. La oración como alimento del alma y como fuente de fortaleza para soportar nuestras cruces.

A veces pedimos que desaparezcan los problemas, cuando también podríamos pedir sabiduría para enfrentarlos, claridad para tomar decisiones, paciencia para atravesar los procesos y confianza para continuar incluso cuando todavía no entendemos lo que está ocurriendo.

También se mencionaba la importancia de dejarnos maravillar por el plan de amor que Dios tiene para nosotros.

Y quizás esa sea una de las cosas que más perdemos entre la prisa y las preocupaciones: nuestra capacidad de sorprendernos.

Nos acostumbramos a la vida, a las personas que nos rodean, a las oportunidades, a la salud, a la familia y hasta a las respuestas que alguna vez pedimos en oración. Dejamos de mirar como regalo aquello que se volvió cotidiano.

Pero no todo lo cotidiano es pequeño.

A veces, el plan de amor de Dios está precisamente en lo que hoy damos por sentado: en una conversación con nuestra pareja, en una mano que nos sostiene, en la posibilidad de comenzar otra vez o en alguien que nos recuerda que no tenemos que subir solos.

La reflexión también hablaba de ese fuego que Dios coloca en nuestro corazón y de la necesidad de canalizarlo a través del servicio.

Porque llegar a nuestro Tabor no puede tratarse únicamente de alcanzar una meta personal. También debería llevarnos a preguntarnos qué hacemos con los dones recibidos y de qué manera aquello que aprendemos puede convertirse en ayuda para alguien más.

Tal vez nuestro cayado no fue entregado solo para sostenernos. Quizás también está destinado a ayudarnos a sostener a otros.

Al final, la frase que resumía toda la reflexión era contundente:

“Debemos creer para ver.”

Estamos acostumbrados a pedir pruebas antes de confiar. Queremos entender el camino completo, conocer el resultado y tener la certeza de que todo saldrá como esperamos antes de dar el primer paso.

Pero la fe funciona de otra manera.

Muchas veces primero tenemos que creer, caminar y perseverar. La claridad llega después.

Hoy te propongo que te hagas esta pregunta:

¿Cuál es tu Tabor en este momento?

Y, si tienes pareja, no la respondas solamente para ti.

Compártela.

Pregúntale también cuál es el monte que está subiendo y qué necesita para continuar. Tal vez descubras una preocupación que no conocías, un sueño que había dejado de mencionar o una forma distinta de acompañarse.

No sé cuál es tu Tabor hoy ni cuánto camino te falta para llegar a la cima. Pero sí creo que el esfuerzo, la disciplina y la perseverancia se vuelven más llevaderos cuando están sostenidos por la confianza en Dios y cuando no hacemos el recorrido completamente solos.

Quizás hoy no puedas ver la cima, pero sí puedes dar el siguiente paso, apoyarte en tu cayado, orar, servir, dejarte sorprender por lo que Dios está haciendo en tu vida y, sobre todo, creer para comenzar a ver.

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