¿Qué huella estás dejando?

Hablar de legado puede sonar como algo lejano, reservado para grandes líderes, personajes históricos o personas que han construido algo extraordinario. Sin embargo, todos estamos dejando una huella, incluso cuando no somos conscientes de ello.

La dejamos en la manera en que tratamos a los demás, en cómo hacemos sentir a quienes trabajan con nosotros, en las conversaciones que tenemos con nuestra familia, en las decisiones que tomamos y en la forma en que actuamos cuando nadie nos está observando.

Por eso, hoy quiero proponerte una reflexión sin juicios, sin culpas y sin necesidad de encontrar una respuesta perfecta.

Si hoy te fueras de este mundo, ¿cuál crees que sería la huella que dejarías en las personas que te conocieron?

¿Qué diría tu familia de ti? ¿Cómo te describirían tus amigos? ¿Qué recordarían tus colaboradores, tus clientes o las personas que alguna vez compartieron un proyecto contigo? ¿Dirían que fuiste generoso, exigente, cercano, confiable, alegre, coherente, valiente o inspirador? ¿Recordarían cómo los hiciste sentir o alguna enseñanza que cambió su manera de ver las cosas?

Podrías incluso hacer una lista con las palabras que crees que utilizarían para describirte.

El ejercicio parece sencillo, pero puede ser profundamente revelador.

Muchas veces creemos que proyectamos determinadas cualidades debido a que esas son nuestras intenciones. Pensamos que somos cercanos al querer ayudar, que somos firmes al buscar buenos resultados o que transmitimos confianza al conocer muy bien nuestro trabajo.

Pero intención y percepción no siempre son lo mismo.

Podemos tener la intención de ser directos y ser percibidos como poco empáticos. Podemos creer que transmitimos seguridad y que otros nos vean distantes. También puede ocurrir lo contrario: quizás no somos conscientes de cuánto valoran nuestra serenidad, nuestra capacidad de escuchar o la forma en que hacemos sentir importantes a los demás.

Cuando trabajo la imagen personal con mis clientes, una de las actividades que realizamos es precisamente un ejercicio de percepciones. Les propongo consultar a personas de distintos espacios de su vida qué cualidades reconocen en ellos, qué creen que proyectan y cuáles consideran que son sus oportunidades de mejora.

Las respuestas suelen sorprender.

En algunos casos, confirman fortalezas que la persona ya conocía. En otros, revelan atributos que nunca había reconocido en sí misma. También pueden mostrar una distancia entre aquello que se desea comunicar y lo que efectivamente están percibiendo los demás.

Esto no significa que debamos construir nuestra vida buscando la aprobación de todo el mundo. Tampoco se trata de cambiar nuestra esencia para cumplir con expectativas ajenas.

Se trata de obtener información.

Aunque no podemos controlar completamente la percepción de otras personas, sí podemos revisar si nuestra forma de actuar, comunicarnos y relacionarnos está alineada con los valores que queremos representar.

Si no tienes claridad sobre la huella que estás dejando, podrías hacer este ejercicio.

Elige entre tres y cinco personas que te conozcan en contextos diferentes. Puede ser alguien de tu familia, un amigo, un compañero de trabajo, un cliente o una persona que haya compartido contigo durante una etapa importante.

Pregúntales:

¿Cuáles son las tres principales cualidades que reconoces en mí?

¿Cómo te hago sentir cuando compartes conmigo?

¿Qué crees que aporto a la vida de los demás?

¿Qué aspecto consideras que podría mejorar?

La clave está en escuchar sin defenderte, justificarte o explicar tus intenciones. Agradece las respuestas, identifica patrones y observa con curiosidad aquello que aparece.

Tal vez descubras que ya estás dejando una huella mucho más profunda de lo que imaginabas. O quizás encuentres aspectos que deseas trabajar para que la experiencia que generas en los demás esté más alineada con la persona que quieres ser.

Después de escuchar esas percepciones, hazte una segunda pregunta:

¿Es esta la huella que quiero seguir construyendo?

Quizás deseas ser recordado como alguien que hizo crecer a los demás, pero hoy estás tan concentrado en los resultados que pocas veces reconoces a tu equipo. Tal vez quieres que tus hijos recuerden tu presencia, pero tus preocupaciones están ocupando incluso los momentos que compartes con ellos. O quizás quieres proyectar confianza y cercanía, pero tu manera de comunicarte todavía no lo demuestra.

No se trata de castigarnos por lo que no hemos hecho bien.

Se trata de recordar que, mientras estamos vivos, nuestra huella todavía se está construyendo.

El legado no comienza el día en que ya no estamos. Se forma en las decisiones aparentemente pequeñas de todos los días: cuando cumplimos nuestra palabra, cuando escuchamos con atención, cuando pedimos perdón, cuando compartimos lo que sabemos, cuando tratamos con respeto a alguien que no puede ofrecernos nada a cambio y cuando utilizamos nuestros talentos para aportar a la vida de otras personas.

Al final, probablemente nadie recordará cuántos correos contestamos, cuántas reuniones tuvimos o cuántos pendientes logramos resolver.

Recordarán cómo se sintieron cerca de nosotros.

Recordarán si los impulsamos o los limitamos, si estuvimos presentes cuando lo necesitaron y si nuestra forma de vivir fue coherente con aquello que decíamos valorar.

Por eso, más que preguntarte algún día cuál fue tu legado, pregúntate hoy cuál estás construyendo.

¿Qué quieres que permanezca en los demás después de haberte conocido?

Y, sobre todo, ¿las decisiones que estás tomando hoy están construyendo esa huella?

Todavía estamos a tiempo de ajustar, agradecer, reparar, acompañar, compartir y comenzar a vivir de una manera más alineada con aquello que queremos dejar en el mundo.

Nuestra huella no se construye en un solo gran momento. Se construye todos los días, en cada persona que tocamos con nuestra manera de ser.

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