Ayer fue el cumpleaños de mi mamá y, aprovechando esta semana tan especial, he estado pensando mucho en todas esas cosas que aprendí de ella sin que necesariamente fueran “grandes lecciones de vida”.
Porque mi mamá nunca se sentó frente a mí a decirme: “Viviana, hoy te voy a enseñar sobre resiliencia, presencia, fortaleza o amor propio”.
Ella simplemente vivía.
Y yo, sin darme cuenta, iba aprendiendo.
Recuerdo que cuando estaba en sexto curso terminé con un enamorado y sentía, como suele pasar a esa edad, que el mundo prácticamente se había acabado.
Yo lloraba desconsolada.
Mi mamá, que nunca ha sido precisamente la reina de endulzar las cosas, me miró y me dijo algo parecido a:
“Llora el día que yo me muera.”
En ese momento probablemente pensé que era cero empática. 😂
Hoy entiendo perfectamente lo que quería decirme.
Hay dolores que en el momento parecen gigantes y después descubrimos que eran apenas una página de una historia muchísimo más larga.
– También me repetía que la ortografía era importante.
– Que las manos y los pies eran una carta de presentación.
– Que siempre había que buscar una solución.
– Que uno podía preocuparse durante el día, pero que en la noche había que aprender a desconectarse y dormir.
Y esto último todavía me impresiona.
Mi mamá puede tener mil cosas dando vueltas, problemas por resolver o situaciones difíciles y, llegada la noche, dice: “Mañana veremos”.
Y duerme.
Yo todavía estoy trabajando en alcanzar semejante nivel de evolución. 😂
Con los años también la he visto atravesar circunstancias que hubieran podido detenerla. Y una de las cosas que más admiro de ella es que nunca ha permitido que una situación, una dificultad o incluso un diagnóstico definan quién es.
Busca opciones.
Pregunta.
Resuelve.
Sigue.
A veces con más energía.
A veces con menos.
Pero sigue.
Y quizás esa sea una de las mayores enseñanzas que he recibido de ella: la vida no siempre nos pregunta si estamos preparados para lo que viene, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello.
Hoy trabajo hablando de imagen, comunicación, presencia y liderazgo. Y seguramente muchas de las cosas que enseño tienen alguna raíz en aquellas frases que escuché durante años en mi casa.
Pero hoy no quería escribir sobre imagen.
Quería escribir sobre el tiempo.
Porque mientras pensaba en todo esto me hice una pregunta:
¿Cuántas veces dejamos para después los planes con las personas que amamos porque asumimos que habrá otra oportunidad?
“El próximo mes almorzamos.”
“Después hacemos ese viaje.”
“Un día nos tomamos esas fotos.”
“Cuando tenga menos trabajo voy a visitarlos.”
“Después les pregunto esa historia de cuando eran jóvenes.”
Y seguimos postergando.
Hasta que la vida, alguna vez, nos recuerda que el tiempo nunca estuvo garantizado.
Por eso, quizás este artículo no sea solamente sobre mi mamá.
Quizás sea una señal para alguien que lo está leyendo.
Si tienes pendiente ese almuerzo con tu mamá, hazlo.
Si llevas meses diciendo que vas a visitar a tu papá, ve.
Si quieres preguntarles cómo se conocieron, cuál fue su mayor miedo, qué soñaban cuando tenían tu edad o simplemente sentarte a escucharlos contar por décima vez la misma historia… escúchala una vez más.
Tomemos fotos – Hagamos videos – Preguntemos – Abracemos.
Celebremos a nuestra gente mientras todavía puede escuchar cuánto la queremos.
Ayer celebré la vida de mi mamá.
Con sus frases directas.
Con sus consejos que antes no entendía.
Con su capacidad extraordinaria para encontrar soluciones.
Con todo lo que me enseñó intencionalmente y, sobre todo, con todo lo que me enseñó sin saber que lo estaba haciendo.
Y quizás una de las mejores maneras de honrar a quienes amamos sea precisamente esa:
no esperar a extrañarlos para empezar a valorarlos.