La presencia se entrena.
Antes de entrar en las acciones, quiero aclarar algo importante:
para mí, la presencia no se trata de ser el más extrovertido,
ni el que tiene la ropa más llamativa,
ni el que hace más escándalo.
Cuando yo hablo de generar presencia,
me refiero a esa presencia que no pasa desapercibida,
pero no porque grites,
sino porque los demás se sienten cómodos contigo.
Es la presencia que genera liderazgo,
que inspira,
que hace que otros quieran escucharte.
Es una presencia que se siente.
Que se nota.
Que es energía.
Es ese “algo” que hace que los demás sientan admiración por ti,
sin que tú tengas que forzarlo.
Tu presencia no cambia cuando cambias todo.
Cambia cuando ajustas pequeñas cosas de manera consciente.
- Cómo entras a un lugar.
- Cómo saludas.
- Cómo miras.
- Cómo escuchas.
- Cómo te paras.
- Cómo caminas.
- Cómo hablas.
- Cómo reaccionas cuando algo no sale como quieres.
- Cómo honras tu palabra.
Eso es presencia.
Un poquito de mi historia.
Desde chiquita tuve algo curioso con la presencia.
Yo estudiaba ballet desde los 5 años, después danzas árabes y concursos de oratoria.
Arriba del escenario me sentía protagonista.
Erguida, segura, sin pánico escénico.
Pero me bajaba del escenario…
y era otra persona.
Tímida.
Con vergüenza de preguntar.
Con dificultad para acercarme a otros.
Durante mucho tiempo no entendía eso.
¿Cómo podía sentirme tan empoderada frente a un público
y tan chiquita en reuniones sociales o familiares?
Hasta que me di cuenta de algo:
en el escenario yo cuidaba cada detalle pequeño.
Postura, mirada, respiración, entrada, salida.
Y abajo del escenario…
simplemente me descuidaba.
Ahí entendí que la presencia no es un don.
Es una práctica.
Y que lo que hacía grande mi presencia en un escenario
eran exactamente las mismas pequeñas acciones
que podía entrenar en la vida diaria.
¿Cómo generar presencia?
Para generar presencia no necesitas reinventarte.
Solo necesitas afinarte.
Y lo haces con microacciones
que cambian no solo cómo te perciben los demás,
sino cómo empiezas a percibirte tú.
Pequeños ajustes, todos los días.
Nada de esto es “wow” por separado.
Pero todo esto junto es poder.
Es coherencia.
Es energía.
Es el mensaje que transmites sin hablar.
Es la disciplina con la que te ven,
la constancia que inspiras,
el tipo de ser humano que eres.
Porque, al final,
nuestro verdadero valor no es el título,
no es el cargo,
no es la empresa…
Es cómo hacemos sentir a los demás.