Frases que empoderan vs frases que apagan

No siempre pensamos las frases que usamos todos los días.
Salen solas, cuando hablamos con otros… y sobre todo cuando hablamos con nosotros mismos.

Las estadísticas dicen que cerca del 80% de nuestros pensamientos tienden a ser negativos
y, lo más fuerte, tienden a ser sobre nosotros mismos.
Es una locura lo que la ciencia confirma.

Y no es solo lo que le decimos a otros.
Es lo que nos decimos cuando nadie escucha.

Tu lenguaje interno es el primer filtro de tu imagen.
Antes de cómo te vistes, cómo caminas o cómo hablas en público, está cómo te hablas por dentro.

Cada frase que te repites crea una versión de ti:
una que se expande… o una que se encoge.

Y aunque muchas personas lo encuentren difícil de creer,
gran parte del éxito no depende solo de talentos y habilidades,
sino de tu comunicación interna.

Un poquito de mi historia.

Y no, no hay una fórmula mágica para que esas frases desaparezcan para siempre.
Te lo digo por experiencia propia.

Pero sí hay una diferencia gigante entre hablarte en automático
y empezar a darte cuenta de cómo te hablas para poder redireccionar
esa frase de escasez que salió sin que la invites.

Lo increíble de la comunicación interna es lo que pasa cuando tomas conciencia.

Para no hacerte esta historia eterna, yo solía decir frases como:
“Es que es dificilísimo.”
“Eso es imposible.”
“Todo el mundo lo hace.”
“¿Quién me va a contratar a mí?”
“Si ya hay tantas personas haciendo lo mismo, ¿por qué me elegirían?”

Y te lo digo con total honestidad:
no lo decía llorando ni como drama.
Era más bien esa vocecita interna que justificaba.

Yo decía:
“Soy realista.”
“Tengo buenas razones.”
“Es lógico que no me vaya tan bien.”

Una de mis frases que más me apagaban era:
“¿Cómo me van a pagar eso?”

Cuando empecé a estudiar coaching fue un shock:
me di cuenta de que las palabras no son neutras.
Tienen peso.
Tienen dirección.

Yo luchaba todo el tiempo con dos voces:
la que me animaba
y la que me apagaba.
Vivían en conflicto.

Ahí entendí que la comunicación interna era lo principal.
Que muchas veces yo usaba palabras que justificaban no tomar acción.

No era que yo no podía lograr mis metas.
Era que, en gran parte, me hablaba como si no debiera intentarlo.

Cuando empecé a cambiar mi forma de hablarme,
a darme cuenta cada vez que regresaba el síndrome del impostor
o ese discurso de escasez,
empecé a preguntarme:
¿De dónde viene esto?
¿Es un miedo real o uno que me estoy contando?

Y ahí todo empezó a moverse.

Las palabras no hacen magia.
Pero sí te colocan en el lugar desde el que decides, actúas… o te escondes.

¿Qué hacer?

No se trata de hablarte bonito todo el tiempo.
Se trata de hablarte con respeto.
Y se trata de creer.

Para quienes creen en Dios, la fe es creer aun cuando no sabes cómo.
Tú crees sin tener todas las respuestas.

Con uno mismo pasa igual.
Creer en ti es muy parecido a creer en Dios:
no siempre sabes cómo va a salir,
pero decides confiar.

Empoderarte no es inflarte.
No es alimentar el ego.
Es abrir posibilidades.

Es darte cuenta de que puedes encontrar el camino,
aunque hoy no lo veas completo.

Muchas veces nos movemos solo entre blanco o negro:
puedo o no puedo,
sirvo o no sirvo,
sale bien o sale mal.

Pero casi siempre hay una tercera opción.
Y una de las cosas más valiosas que a mí me enseñó el coaching
es a buscar esa tercera alternativa.

Cada vez que dices una frase que te apaga,
te quitas espacio.
Espacio para intentar,
para aprender,
para crecer.

Ejercicio Expansivo

Durante tres días te propongo un ejercicio sencillo.

Escúchate.
Escúchate todo el tiempo.

Toma conciencia de lo que dices, de cada palabra que sale de tu boca…
y de las que no salen, pero sí suenan en tu cabeza.

No para juzgarte, sino para conocerte.
Para ver qué tanto te estás apagando tú solo.

Cada vez que pienses o digas una frase que te apaga, anótala.
Si estás manejando, cuando llegues envía un audio, una nota de voz,
pero no la dejes pasar.

Luego, en ese momento o al final del día —según tu horario, tu realidad—
escribe al lado una versión que te empodere.

No te compliques.
Hazlo simple, pero hazlo.

Ejemplo:
“Siempre me va mal” → “Me puede ir mejor.”

Solo eso, algo tan sencillo, ya cambia mucho.

No es mentirte.
Es dejar de hablarte como si fueras tu peor enemigo…
o tu peor obstáculo.

Mi regalo para ti 

Te dejo una hoja descargable donde vas a encontrar:

  • Espacio para escribir tus frases automáticas.

  • Espacio para transformarlas en frases que te expandan y te empoderen.

Además, vas a encontrar el enlace a mi episodio de podcast:
“Comunicación Expansiva: una poderosa herramienta.”

Y si ya lo escuchaste cuando salió, escúchalo otra vez:

La información siempre llega diferente cuando tú ya eres diferente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *